PAS: Personas altamente sensibles

Artículo publicado en la revista Mente y Cerebro nº83 por Nele Langosh.

En 1987, Elaine Aron pasó por el quirófano. Aunque la intervención fue bien, la paciente quedó emocionalmente afectada. Tanto,
que su médico le aconsejó que acudiera al psicólogo. Pero la psicoterapeuta no detectó ninguna anomalía patológica en la mujer,
tan solo la describió como «altamente sensible». Sin sospecharlo, esas palabras ponían los cimientos de un nuevo campo de investigación. Unos diez años después de aquel suceso, Elaine Aron y su marido Arthur, ambos psicólogos, definieron por primera vez un rasgo que caracteriza a las personas que perciben los estímulos de forma intensa y los procesan de modo distinto a la mayoría de los mortales: el constructo de la alta sensibilidad.
Hoy, el término se ha popularizado. Manuales y programas de entrenamiento personal para individuos particularmente sensibles inundan el mercado. Por Internet circulan conjeturas que sugieren la condición de «altamente sensible» de genios como Richard Wagner o Charlie Chaplin. Reproches del estilo «¡Es que siempre eres tan susceptible!» parece que han perdido fuelle gracias a los trabajos de Aron. La alta sensibilidad se equipara, de repente, con un talento especial, valioso y provechoso, de forma similar a las altas capacidades. No obstante, ambas características se vinculan a menudo de manera errónea (véase el recuadro «Una conexión mal interpretada»).

Las bases científicas de este rasgo de la personalidad todavía resultan controvertidas. «La investigación es escasa», asevera Jens Asendorpf, profesor emérito de psicología de la personalidad en la Universidad Humboldt de Berlín. Pocos artículos se han ocupado de la alta sensibilidad desde que Aron publicase su exitoso libro en
1996 bajo el título The highly sensitive person: How to thrive when the world owerwhelms you (en España apareció en 2006 con el título El don de la felicidad: Las personas altamente sensibles). «En este campo, la práctica va muy por delante de la investigación», afirma Sandra Konrad, quien dirige en la Universidad Militar de Hamburgo el único proyecto de investigación alemán sobre la sensibilidad de procesamiento sensorial, término técnico de «alta sensibilidad».
Ningún científico discutirá que algunas personas poseen un mejor «ojo» para los detalles que otras. Tampoco negará el hecho de que unos individuos son más sensibles, por ejemplo, en lo que se refiere a la percepción del dolor o en cómo reaccionan ante un comentario hiriente de la pareja. Todos conocemos a personas que resisten menos y que a menudo necesitan una pausa, así como a otras que parecen disponer de unas reservas de energía inagotables. Pero ¿es el concepto de alta sensibilidad, que comprende todo esto y más, apropiado para explicar tales diferencias?
Los investigadores se esfuerzan en registrar esta característica de manera rigurosa. La mayoría de las publicaciones toman como referencia las descripciones de Aron. De acuerdo con la autora, las diferencias en la sensibilidad sensorial ya se manifiestan en la niñez. Los sujetos altamente sensibles perciben de forma excepcionalmente precisa no solo su entorno (el ruido, los olores o el humor de los congéneres), sino que incluso notan de forma más intensa las condiciones internas (el hambre o el dolor) mediante un procesamiento más profundo de las informaciones que les llegan de los órganos sensoriales. De este modo, los estímulos intensos o novedosos pueden abrumarles con facilidad, por lo que es frecuente que reaccionen a ellos de forma especialmente emocional (sea positiva o negativamente).
En artículos de periódico y libros se leen descripciones de las personas altamente sensibles basadas en experiencias personales. Según explican, estos individuos se sienten con frecuencia abrumados por la sociedad. Les resulta difícil arreglárselas bajo situaciones estresantes o tras acontecimientos vitales negativos, por lo que a menudo tienen la necesidad de retirarse a lugares tranquilos. Ese comportamiento convierte a algunos en marginados.
Algunos autores sospechan que las personas especialmente susceptibles también suelen enfermar con mayor frecuencia que la media y que son más propensas a padecer problemas psicológicos y psicosomáticos. Por otro lado, en su interior ocultan numerosos talentos, entre ellos, una marcada creatividad y una exquisita percepción de la belleza en todas sus manifestaciones.


¿Uno de cada cinco?

Conforme a encuestas efectuadas por Aron y otros investigadores, alrededor del 20 por ciento de la población se tiene por «bastante» o «extremadamente sensible». El hecho de que no se haya empezado a debatir sobre la alta sensibilidad hasta hace relativamente poco lleva a la psicóloga a un supuesto: durante mucho tiempo, este rasgo se ha estado confundiendo con la timidez, la introversión y el neuroticismo. Sostiene, asimismo, que todas estas características se originan a partir de la alta sensibilidad, un rasgo temperamental básico, el cual es probable que se halle determinado genéticamente.
Sin embargo, no todos los psicólogos comparten estas ideas. Desde la investigación de la personalidad, la tendencia a reaccionar de forma muy sensible y susceptible se engloba, por lo general, dentro del neuroticismo. Se trata de una de las dimensiones de los «cinco grandes», es decir, uno de los cinco rasgos esenciales que componen la personalidad del ser humano, según un extendido e investigado modelo [véase «El yo flexible», por Jule Specht; Cuadernos de MyC n.o 5, 2013]. Por lo común, los in- dividuos con un marcado neuroticismo se describen como menos estables emocionalmente. Tienden a ser más miedosos, nerviosos e inseguros y gestionan peor las situaciones de estrés. Asendorpf ve en la alta sensibilidad una subclase del neuroticismo. «Algunas personas de reducida estabilidad emocional son también especialmente sensibles en lo que se refiere a percepciones sensoriales concretas. Y se les podría denominar altamente sensibles», afirma este investigador de la personalidad.
Konrad mantiene otra postura al respecto: «Reducir la alta sensibilidad a un neuroticismo es no valorar debidamente el fenómeno. Existen personas muy sensibles que, al mismo tiempo, son emocionalmente estables». Para justificar su posición, se apoya en la escala de alta sensibilidad que suele utilizarse para su evaluación. «Algunos enunciados de esta escala comprenden facetas del neuroticismo», asevera Konrad. Por ejemplo, la particularidad de los sujetos altamente sensibles de sentirse rápidamente desbordados ante situaciones estresantes o bajo una elevada carga de trabajo se considera una característica de inestabilidad emocional. La alta sensibilidad es un rasgo temperamental que debe diferenciarse de eso; posiblemente también es una determinada combinación de distintos rasgos de la personalidad.

Tras las señales fisiológicas
En 2014, un equipo dirigido por Bianca Acevedo, de la Universidad de California en Santa Bárbara, investi- gó mediante resonancia magnética funcional las singu- laridades cerebrales que presentan las personas con alta sensibilidad. Las imágenes muestran una alta actividad en la región insular anterior (izquierda) y el área teg- mental ventral (derecha) en sujetos altamente sensibles. En ambas ocasiones, el probando observaba fotografías en las que aparecía su pareja con rostro feliz. Las dos áreas cerebrales mencionadas se relacionan con la em- patía y la motivación. Según los críticos, estos hallazgos adolecen de rigor científico.


Una conexión malinterpretada
La impresión de que las personas altamente sensibles disponen al mismo tiempo de altas capacidades, es de- cir, que poseen una inteligencia extraordinaria, es falsa. Ello no significa que existan algunas personas que pre- senten ambas propiedades. Según se ha demostrado hasta ahora, solo alrededor del 2 por ciento de la pobla- ción es superdotada (con un cociente intelectual igual o superior a 130); en cambio, un 20 por ciento de las per- sonas se consideran bastante o extremadamente sensi- bles. La confusión podría surgir, entre otras causas, por los libros de autoayuda, los cuales atribuyen con fre- cuencia un talento especial a los individuos altamente sensibles. Con todo, si se analiza el asunto más en deta- lle, se observa que la mayoría de estos textos se refieren al talento en materias como la música, el arte o las rela- ciones interpersonales, no a las capacidades cognitivas.

Todo comenzó con un cuestionario

La escala de la alta sensibilidad sentó las bases para la investigación de dicho rasgo. Aron introdujo este procedimiento de medición en 1997. Elaboró las formulaciones del test a partir de investigaciones propias, así como de un total de 39 entrevistas a personas que se sintieron aludidos al leer los anuncios en los que la psicóloga explicaba que buscaba probandos particularmente introvertidos o a los que los estímulos abrumaran fácilmente. El cuestionario contenía 27 preguntas, entre ellas: «¿Te asustas fácilmente?»; «¿Te influyen las opiniones de los demás?»; «¿Crees que percibes sutilezas de tu entorno?»; «¿Tienes una rica y compleja vida interior?»; «¿Te superan los cambios en la vida?». Estadísticamente, el cuestionario muestra una buena consistencia interna. Esto significa que los sujetos que afirman una de estas preguntas asentirán, con una alta probabilidad, el resto de los enunciados. Para eliminar la información poco relevante, Aron comparó los resultados de estos test con un antiguo cuestionario que medía la intensidad con la que las personas suelen reaccionar a los estímulos sensoriales. Los sujetos altamente sensibles alcanzaban valores más elevados. Por tanto, su prueba cumplía los requisitos mínimos para un cuestionario psicológico fiable y válido.
Además del test original en lengua inglesa, en Internet y a través de libros de autoayuda circulan traducciones y versiones modificadas y no verificadas científicamente del mismo. Pero todas tienen en común que no dejan claro dónde se encuentra la frontera entre las personas altamente sensibles y las de sensibilidad normal. Konrad sostiene que la sensibilidad consiste en un rasgo continuo presente, en mayor o menor grado, en cada uno de nosotros y que los individuos altamente sensibles ocupan uno de los extremos del espectro. Otros defensores del concepto incluso parten de la idea de que los sujetos con alta sensibilidad viven, por decirlo así, en su propio mundo. Según ellos, la experiencia subjetiva no representa solo un matiz que los distingue de los demás, sino que es una diferencia básica. Esta hipótesis aún se debe demostrar.
También existen voces críticas con el test original de Aron. La investigadora considera su cuestionario unidimensional, es decir, que mide una propiedad en sí misma. Muchos investigadores dudan de ello, porque las preguntas se refieren a ámbitos muy diversos de la vida: junto con la reacción a impresiones sensoriales fuertes, plantea al encuestado preguntas sobre si sabe gestionar una carga del trabajo elevada o si sus padres y profesores le consideraban un niño sensible o de llanto fácil.
Algunos estudios ponen en entredicho que la alta sensibilidad sea un constructo único y coherente. Como el cuestionario que Mary Rothbart y David Evans, ambos de la Universidad de Oregón, efectuaron en 2008 entre 300 estudiantes de psicología. Encontraron que el test de Aron abarcaba dos características distintas entre sí. Por una parte, analizaba el afecto negativo, es decir, la propensión generalizada a emociones como el miedo, el enfado o la tristeza. Este rasgo es el responsable de que las personas altamente sensibles se sientan incómodas con mayor rapidez ante una sobreestimulación. Por otra parte, evaluaba una dimensión conocida como sensibilidad estética y que describe la receptividad o sensibilidad ante impresiones novedosas (a las personas con altos valores en esta dimensión les suele conmover la música o el arte de forma intensa).
En 2015, una investigación de los psicólogos Karin Sobocko y John Zelenski, de la Universidad Carlenton, reveló cuánto divergían ambas facetas. Mientras que las preguntas del test de Aron que se referían a la sobresusceptibilidad y al afecto negativo se hallaban relacionadas en su estudio con rasgos como el neuroticismo e influían de manera desfavorable en la satisfacción vital, los resultados de la subescala sobre la sensibilidad estética mostraban la dirección contraria: las personas con valores altos en esta dimensión no parecían estar «sufriendo» bajo la alta sensibilidad. Por el contrario, se sentían bien, desarrollaban intereses variados y con frecuencia se mostraban abiertas a experiencias nuevas.
La escala de Aron mide distintos tipos de sensibilidad, concluyen los autores. También Asendorpf sostiene que el constructo no es unitario: «Alguien fotosensible no tiene por qué ser al mismo tiempo especialmente sensible al ruido. Ya solo por lo que se refiere a las modalidades sensoriales, la alta sensibilidad no constituye una propiedad homogénea». Ello dificulta la investigación en este ámbito. Sin embargo, Konrad defiende:
«Solo porque la escala sea multidimensional no significa que el constructo carezca de consistencia. Las personas que son emocionalmente sensibles también suelen tener una percepción sensorial más fina. No es fácil establecer una separación».

¿Sensibilidad en el cerebro?

No solo se necesita refinar las explicaciones en este punto. El propio concepto de «sensibilidad» presenta acepciones distintas en la psicología y el lenguaje cotidiano. Rothbart y Evans abogan por definir el constructo de manera unívoca. Las personas altamente sensibles no deberían identificarse a sí mismas solo mediante cuestionarios; también se requieren medidas fisiológicas que respalden el diagnóstico. Por ahora no existen estudios que confirmen objetivamente la alta sensibilidad.
Desde un inicio, Aron estimó que la alta sensibilidad no se basa en la naturaleza de los órganos sensoriales. En su lugar señaló que las estructuras cerebrales que procesan las sensaciones reaccionan de forma diferente. Una determinada red de áreas se encuentra más activa: en concreto, el sistema de inhibición conductual, descrito por primera vez en 1982 por el psicólogo británico Jeffrey Gray (1934-2004). Una actividad elevada en esta red podría llevar a modos de comportamiento que caracterizan a los sujetos altamente sensibles. Ante situaciones novedosas, la mayoría de ellos necesitan detenerse y procurarse una visión de conjunto, por lo que las demás personas suelen considerarlos cohibidos y reservados. Esta relación no se ha observado por ahora en el cerebro.
Asendorpf apunta: «No resulta posible porque, hasta hoy,
el sistema de inhibición conductual no se ha podido identificar con exactitud».
Las publicaciones más recientes de Aron se centran en la investigación de la conducta. Según se ha observado en numerosas especies de animales, siempre existe una parte de la población que destaca a la hora de percibir cambios en el entorno y de reaccionar de forma flexible a ellos. Se trata de individuos altamente sensibles, sugiere Aron. La mayoría de los congéneres, en cambio, prefieren cumplir patrones de conducta rígidos, incluso cuando el ambiente presenta alteraciones. Percas, pinzones cebra, ratones y cerdos muestran esa diferencia genética de comportamiento. Pero ¿se corresponde esta característica con la elevada susceptibilidad a las emociones de los demás que experimentan las personas altamente sensibles? ¿O a sus intensas sensaciones ante las obras de arte y la música? Aron no ha logrado comprobarlo todavía.
Algunos investigadores han intentado aproximarse al fenómeno de la alta sensibilidad con métodos neurocientíficos. En 2011, un equipo del que también formaba parte el matrimonio Aron, propuso lo siguiente: pidieron a una serie de probandos que descubriesen pequeñas modificaciones en las fotografías de paisajes que se les mostraban mientras registraban su actividad cerebral mediante tomografía por resonancia magnética funcional (RMf). Los participantes que habían obtenido, previamente, una puntuación elevada en el cuestionario de alta sensibilidad no se mostraron más diestros en esa tarea. Por el contrario, necesitaron más tiempo para resolverla, y sus áreas del cerebro responsables de la atención visual y del control de los movimientos oculares manifestaron una mayor actividad, signo de una intensa elaboración sensorial, afirmaron los autores.
En 2014, un equipo dirigido por Bianca Acevedo, de la Universidad de California en Santa Bárbara, y en el que también participaban los Aron, registró mediante RMf la alta sensibilidad de individuos prometidos o recién casados. Mientras se encontraban en el escáner, los participantes observaron imágenes de sus respectivas parejas así como de desconocidos con cara de felicidad o tristeza. El cerebro de los probandos altamente sensibles reaccionó de manera más intensa ante las fotografías de la pareja y de los rostros felices. En concreto, aumentó la actividad de las regiones implicadas en la atención, la empatía y la reflexión sobre sí mismos y los demás. Los investigadores consideraron que este resultado confirmaba que los probandos prestaban más atención a las informaciones sociales y mostraban una susceptibilidad elevada a los estímulos. No solo pueden ponerse en duda tales conclusiones, sino que, además, el estudio presenta debilidades metodológicas. Entre otras objeciones, los investigadores emplearon en esta ocasión una forma abreviada del cuestionario de alta sensibilidad.
La afirmación de la psicóloga Elke Van Hoof [véase «Todos podemos trabajar un mejor equilibrio interior», por Inge Taucher, en este mismo número] de la Universidad Libre de Bruselas, de que el cerebro de las personas altamente sensibles trabaja de otra forma resulta, para muchos científicos, precipitada. En una publicación de 2014, Christina Blach y Josef Egger, de la Universidad de Medicina de Graz, llegaron a la conclusión de que la sensibilidad extrema consistía, en primer lugar, en un fenómeno psicológico; solo en segundo plano se trataba de una característica fisiológica. Comprobaron que los probandos que se consideraban a sí mismos altamente sensibles no percibían su latido cardíaco de forma más precisa que los otros participantes ni manifestaban una reacción corporal más acusada ante situaciones de estrés agudo. Por el contrario, la dimensión de ansiedad, es decir, la propensión a experimentar las situaciones como amenazantes, aparecía como el mejor indicador para la alta sensibilidad.

Atender las necesidades individuales

Hasta la fecha, nadie sabe qué valor tendrá la contribución de Aron y sus compañeros para la investigación de la personalidad. Mas, a pesar del estado confuso de los estudios, muchas personas se sienten aludidas ante este concepto. En su página web, Aron explica que decenas de miles de usuarios se han registrado en línea para recibir sus noticias. También celebra el hecho de que tantas personas hayan descubierto en sí mismas esta propiedad. Su libro se ha traducido, hasta la fecha, a 18 idiomas.
De todas formas, Konrad señala: «No todos los que piensan que son altamente sensibles lo son». Esta investigadora atribuye la popularidad del constructo, entre otros motivos, a la sociedad moderna. «Nuestro entorno se ha vuelto más complejo. El hecho de que tantas personas se identifiquen con la alta sensibilidad puede ser una manifestación de su sobreexigencia», argumenta.
Asendorpf apunta otro motivo: «Nadie quiere ser neurótico; “altamente sensible”, en cambio, suena más positivo.» En la práctica clínica, la idea de que exista el rasgo de la alta sensibilidad se antoja más útil que perjudicial. Las personas que requieren una mayor calma y más pausas para actuar, así como las que siempre tienen que oír el reproche de que no sean tan sensibles, encuentran un punto de apoyo en esta característica. El hecho de saber que no se es la única persona con esa peculiaridad, la cual es probable que tenga una base neurobiológica (aunque no se haya demostrada aún), podría contribuir a que muchos individuos se identifiquen con ella.
Hoy en día existen centros de asesoramiento y seminarios que ofrecen programas propios para las personas especialmente sensibles. Pero la alta sensibilidad no es una enfermedad, por tanto, no necesita de terapia; solo en caso de que la persona padezca un trastorno psíquico. Esta situación resulta, de media, más frecuente en los sujetos altamente sensibles que en el resto de la población.
La meta de los profesionales consiste en enseñar a estas personas a gestionar mejor las peculiaridades personales. Blach y Egger recomiendan la práctica de deporte y la actividad en general con motivo de los altos valores en ansiedad y estrés que suelen presentar. También las técnicas de relajación e imaginación les pueden ayudar a reducir la tensión.
Por su parte, los propios individuos altamente sensibles mencionan que estar en contacto con la naturaleza representa para ellos una experiencia importante. Asendorpf subraya la conveniencia de conocer las propias necesidades individuales e integrarlas en el autoconcepto. «Aceptar la propia personalidad tal como es puede resultar liberador.»

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